Recuerdos de una infancia

No sabría con claridad cómo empezar esta entrada, suelo tener recuerdos muy bellos y horrorosos de mi infancia (pero no quiero hablar del horror por ahora).

Hasta cierto punto me gustaba mucho ser una niña porque normalmente íbamos semanalmente a un departamento (hogar de mis abuelos Raúl y Antonia) que le llamaban el 11 (u once, con números o letras). Allí nos reuníamos, como dije, no solamente mi familia de cuatro, sino también mis tíos y primos con quienes jugábamos pocas veces porque no nos dejaban salir al patio. Me quedaba entonces en la casa con mi hermana a dibujar.

Recuerdo que en aquellos tiempos los adultos siempre platicaban de cosas que no entendía y siempre pensaba que una vez siendo adulta podría comprender sus diálogos. Aunque, al crecer un poco, me di cuenta que gustaban mucho hablar sobre películas. 

Siempre hablando, riendo, gritando y con la música al tope (desde The Beatles hasta Pink Floyd, desde Therion hasta Rammstein). Eran unos momentos muy especiales a pesar de que todos estuvieran bebiendo. Sus risas me hacían sentir bien y el hecho de regresar a casa muy tarde me emocionaba mucho, pues me gustaba que nos fuéramos en taxi, con las calles vacías y un cielo negro.

Casi no nos llevamos bien con mis primos porque, con eso de que no nos dejaban salir al patio cuando niñas, no habíamos entablado una amistad. Al final resultó ser que no teníamos nada en común y cuando jugábamos eran cosas muy superficiales. Se llevaban pesado, eso sí, y tanto mi hermana y yo nunca acostumbramos a hacer esas cosas.

Mi abuelita Antonia era una mujer muy linda que siempre nos recibía con besos y abrazos en la entrada del once. Ella, como muchos mexicanos, vendía dulces, quesadillas y sopes; alimentos tan perfectos que no he probado hasta el día de hoy algo similar.  Solía pedirle muchos dulces y ella me los daba, a veces mi mamá me reclamaba por pedir tantos pero ella decía "no pasa nada" y me daba más y más. 

Mi abuelito Raúl era un señor muy serio, con barba canosa que al saludarlo me picaba mucho y no me gustaba. Siempre se sentaba en un lugar específico en su silla especial. Normalmente, cuando llegábamos y éramos los primeros, se encontraba sentado en su sitio leyendo algún libro. No recuerdo que hayamos platicado de algo, era una persona muy seria. Quizá me preguntaba una que otra vez sobre la escuela y me daba penita entablar una conversación por lo mismo, me sentía un poco intimidada. 

Me gustaba mucho llegar al once y ver a mi tía Ivonne sentada al otro extremo de la mesa, pues ya estando ellos allí (incluyendo a mis primos), sabía que nos íbamos a divertir mucho. 

A la vez recuerdo muy bien una noche de esas donde me senté y vi cómo conversaban con mucho entusiasmo y muchas risas, pensé, sin querer, una pregunta que hasta el día de hoy no comprendo por qué me la hice:

¿Cómo será una vez que acabe todo esto?

Entonces seguí jugando como si fuera inmortal...

Mi tía Ivonne falleció en el 2005. mi abuelito Raúl en el 2010 y mi abuelita Antonia en el 2012. No quería que acabara así... ni pronto...


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