viernes, 7 de noviembre de 2014

Ponencia: Escuela y proyecto de vida

Escribí esta ponencia a principios de este año por una convocatoria (creo) que constaba en elegir un tema y escribir sobre él. Yo elegí el que está en el título, pero en realidad nada salió bien mientras la estaba leyendo. Todos los que estaban presentes me miraban extrañados, no sé si no me comprendían (lo más probable es que no) y lo peor de todo, es que mientras lo estaba exponiendo, creían que estaba enojada.

Sin más preámbulos, les presento lo que leí ante alrededor de cuarenta alumnos del CCH:

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Nadie nos enseña a vivir. Uno llega a este mundo sin tener la menor idea de qué vamos a hacer con nuestra existencia. Ni siquiera sabemos cómo lo haremos, sólo nos dictan unas cuantas cosas y las tenemos que hacer porque “nos van a servir de alguna forma”. Llegamos siendo unos pobres niños inconscientes a la escuela primaria que vamos día a día cargando una mochila pesada sobre los hombros porque “nos va a servir de alguna forma”. “¿En qué?”, me pregunté alguna vez mientras estaba en la primaria.

Si les preguntamos a unos niños de ese nivel educativo por qué están estudiando, lo más probable es que dirán que es a causa de sus padres. Nunca será propio. Y nosotros allá vamos día a día desde temprano hasta la tarde al colegio, sin saber por qué estamos aprendiendo ni por qué tenemos que levantarnos todos los días a la misma hora, a encerrarnos en las aulas para escuchar a una profesora hablar de cosas que todavía no comprendemos plenamente por qué nos lo enseñan, o si será importante en alguna etapa de nuestra vida. Asimismo si le cuestionamos a los profesores por qué estamos en la escuela, ellos responderán de una manera muy generalizada: para aprender.

Aquí fue donde me pregunté: “¿aprender qué?” Porque en la escuela no sólo nos enseñan español, geografía, historia; nos enseñan a cómo ser cuando seamos adultos, y he aquí por qué nos formamos como los adultos y adolescentes presentes en este lugar. Ahora yo les pregunto, ¿por qué aprendieron? ¿Por qué fueron a la primaria, secundaria, preparatoria y por qué estudiaron su carrera? ¿Fue realmente por su convicción, porque era algo que realmente anhelaban? ¿O volveremos a lo monótono que es “lo hice para ganar dinero, tener una casa, una familia bonita y seguir con la misma rutina una y otra vez”?  

Personalmente cuando me hice ésta cuestión me destrocé por dentro. Lo que estaba haciendo no podría ser más mediocre: lo estaba forjando porque anhelaba simplemente deshacerme de las obligaciones escolares. No estudiaba, no hacía nada por mis clases, ni siquiera fui capaz de realizar mis labores ni trabajos escolares. Ya imaginarán qué fue de mí cuando hice el examen del COMIPEMS. Rechazada en todas mis opciones. Fue después cuando entré a una escuela donde los alumnos sólo van por las mismas razones que yo tenía: para sacar un papel y una vez fuera, ponerse a trabajar. Los peores años de mi vida y me da mucha vergüenza decir que me quedé allí por dos años aguantando la mediocridad de mis compañeros y lo fácil que era sobornar a los profesores, de cómo nadie otorgaba respeto, ni siquiera se interesaban por la materia, de cómo me vi reflejada en sus rostros, y allí estaba sentada en el pupitre llorando por lo que era. Yo me lo había buscado: tenía que enfrentarme a la mediocridad e ignorancia o vivir sumisa y siguiendo ese esquema.

Sucedió entonces alguna mañana en el primer día del cuarto semestre cuando retomamos la materia de “ciencias” y tomé la mejor decisión de mi vida. Mi profesor había tomado un papel y un plumón y los dejó caer, mientras que el papel se balanceaba, el plumón tocó el piso enseguida. “¿Por qué no cayeron al mismo tiempo?”, preguntó. Entonces hizo una bola con el papel y tomó el plumón. Volvió a repetir el mismo experimento y ambos cayeron al mismo tiempo. No puedo decir que me quedé fascinada, pero me abrió los ojos.

Abandoné  esa escuela para siempre. Dejé todo atrás. Mis padres se enteraron de la situación e inmediatamente, por no entrar en asuntos profundos, decidieron pagarme un curso para aprobar el examen del COMIPEMS. Lo que más disfruté de ese curso fue que aprendí todas las cosas que había estado ignorando desde la secundaria. Pero más que nada, disfruté de todos los conocimientos y sabiduría que nuestros ancestros nos pudieron brindar, pude entender a lo que se refería el personaje Don Juan cuando dijo: “ser un hombre de conocimiento”.

Desde Moctezuma hasta Galileo, desde Newton hasta Volta, desde Edgar Allan Poe hasta Gurdjieff, desde Marx hasta Remedios Varo, desde Dalí hasta Carlos Castaneda, desde Higgs hasta el futuro que nos depara, por eso entré aquí, no por una calificación que te aparece de forma numérica, ni por mi pase automático, ni por la demanda de la UNAM, ni por todo lo que puedan deducir; lo hice por toda esa gente que luchó por lo que hoy día tenemos, lo hice porque estoy enamorada de la sabiduría y porque no me basta con saber lo que me enseñaron en la escuela, sino lo que yo también aprendí con abrir un libro. Y mi mente.

Asimismo, como he dicho, me gustaría que se pregunten de manera más profunda y reflexionando por qué están aquí, por qué desearon tanto entrar a la escuela media superior, por qué quieren llegar hasta la universidad. ¿Es realmente por su convicción, porque es algo que realmente anhelan con el cuerpo y la mente? ¿O volveremos a lo monótono que es “lo hago para ganar dinero, tener una casa, una familia bonita y seguir con la misma rutina una y otra vez, hasta la muerte”?  

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